viernes, 1 de febrero de 2008

¿Qué es, a fin de cuentas, la espiritualidad?

Quest/CLF, Marzo de 2001
Trad (Fco. J. Lagunes Gaitán)

Por Peter Morales, ministro de la Iglesia Unitaria Jefferson de Golden, Colorado


Hace algunos años recuerdo haberme quedado, luego del servicio dominical, para una reunión informal junto con otras personas que queríamos saber más sobre la Iglesia Unitaria. Habíamos asistido algunas veces, y teníamos la suficiente curiosidad como para querer saber más sobre esta iglesia unitaria universalista en Oregon. Luego de la hora del café, nos dirigimos a la Sala de la Chimenea, justo afuera del santuario. La rara distribución de las sillas gastadas tenía más la forma de un frijol que de un círculo. El ministro estaba ahí, y también el coordinador del comité de membresía. Éramos unos 6 u 8 los visitantes y llevábamos tazas de te o café. Al dar inicio la conversación, una mujer del comité de membresía nos invitó a que cada uno de nosotros dijéramos quiénes éramos y compartiéramos algo sobre nuestra jornada espiritual personal. "¿Nuestra qué?", pensé para mí mismo. ¿Jornada espiritual? ¿Qué carambas significa eso? Por fortuna, algún extrovertido animado se apuntó enseguida y contó algo familiar sobre su estrecha crianza religiosa temprana, sobre su rechazo del dogma al crecer, y así sucesivamente. Para cuando me tocó mi turno recuerdo haber murmurado algo similar. No me gustaba ser el centro de la atención. Hablé brevemente sobre mi entrenamiento religioso temprano y cómo mi vida adulta había discurrido lejos de las garras de la religión organizada.

Todo era verdad, y todo era una mentira. Me di cuenta de cómo esa historia, aunque precisa en cuanto a los hechos, revelaba tan poco sobre quién soy, sobre cómo me veo en relación al cosmos asombroso que habitamos, sobre las cosas que me hacen reír o que me llevan a las lágrimas. Mi historia esa mañana no decía nada sobre las experiencias religiosas que me han transformado fundamentalmente. No dije nada sobre lo que tengo por sagrado, sobre aquello por lo que estoy dispuesto a vivir, e incluso sacrificarme.

Pero entonces, ¿qué experiencias son parte de mi jornada espiritual? ¿Qué experiencias no lo son? ¿Qué hace más probable que experimentemos como espiritual escuchar el Requiem de Mozart que la música ambiental de fondo que ponen en Wal-Mart, y otras así? ¿Qué hace que un retiro religioso sea más sagrado que quedarse atorado en el tráfico? ¿Qué hace que leer poesía sea más santo que buscar el teléfono del dentista en las páginas amarillas? ¿Puede el baile ser una experiencia espiritual? ¿Y la pintura, la jardinería, hacer el amor? ¿Y qué hay de escribir código de computadora? ¿Y de escribir una carta? ¿Y de cocinar la cena? ¿Y de comerse un durazno? ¿Qué hace que una experiencia sea espiritual, en qué consiste? ¿Acaso hay experiencias espirituales reales, y otras falsas? La semana pasada alguien dejó una carta de siete páginas a renglón seguido aquí, en mi casillero de la oficina. No estaba firmada, excepto por una nota manuscrita pegada afuera que decía "Regresé". La carta hablaba, entre otras cosas, de una experiencia 'espiritual', de la experiencia de 'canalizar' a Jesús ['Canalizar' es el proceso por medio del cual un individuo (el 'canalizador') afirma haber sido invadido por una entidad espiritual que hablaría a través del 'canalizador'. N del T]. Luego hablaba de las maldades de los antiguos faraones y sus modernos descendientes, de los sólidos platónicos, y de que el cielo podría alcanzarse a través de un vórtice en la Nebulosa de Orión. Quien eso escribió parece sentir una profunda conexión con Dios y con la Verdad. Veo ahí la evidencia de una mente perturbada y confusa. La carta me recordó otras cartas preocupantes que recibí, de vez en vez, cuando trabajé como editor de un periódico. También me recordó las docenas de almas que he visto gritar sus mensajes religiosos apremiantes a transeúntes indiferentes. ¿Son espirituales sus experiencias? Me estremece pensar en esas jornadas. Pienso en la joven que visité en el pabellón siquiátrico. durante mis prácticas como capellán. Ella estaba segura de que Dios le decía que se matara. Escuchaba la voz de Dios claramente. Podía citar la escritura. Aunque, tristemente, pertenecía a una congregación en la que el 'líder espiritual' le dijo que no necesitaba tomar sus medicamentos [anti sicóticos].

Esta no es una cuestión trivial, especialmente para una comunidad religiosa.

Uno de nuestros siete principios, el tercero, habla del "estimulo para el crecimiento espiritual en nuestras congregaciones" ¿Cómo decidimos qué es lo que nos conduce hacia tal crecimiento? ¿Cómo saber si hemos crecido espiritualmente? ¿Puede alguien encoger o inhibir la espiritualidad? Visita cualquier librería. Necesitarías un camión para llevarte a casa cada libro de espiritualidad. Es un gran negocio. En nuestras propias iglesias tenemos a quienes quieren más espiritualidad, y también a quienes se sienten perturbados por lo que piensan que esto pueda significar. Hay una gran confusión a este respecto. En este sermón quiero presentar mi propia visión de todo esto. He de admitir, de entrada, que llego al tema de la espiritualidad con una combinación de la curiosidad ansiosa del buscador con la cautela del escéptico. Creo que la religión debe ser algo más que sólo estar en lo correcto. La religión y la espiritualidad no son búsquedas fundamentalmente intelectuales. Estoy convencido de que un sentido de reverencia respetuosa, misterio, belleza, e intensidad es central para la vida religiosa. Hay algo en nosotros que anhela una experiencia transformadora, de serenidad, de gozo profundo que proviene de la conexión con algo sagrado, algo mucho más allá que lo mundano y lo pequeño. Es posible reprimir y negar ese anhelo, pero no puede ser eliminado.

Al reflexionar sobre mi propia individualidad, pienso en mi más profundo y más perdurable sentido de quién soy y cómo esta parte profunda de mí mismo, mi YO real, se relaciona con el mundo. Para mí, la espiritualidad es más que un sentimiento o una opinión. Debido a esto, resulta endemoniadamente difícil ponerlo en palabras. Las palabras ocupan una parte demasiado pequeña de nuestros cerebros como para jamás expresar plenamente la compleción, la integración, que está en el núcleo de lo que llamo espiritualidad. Desde luego, la palabra es desdichadamente inadecuada. Lo que llamo espiritualidad implica todo lo que soy —mi corazón, mi cabeza, mi cuerpo, mi atención. Hay una integridad y armonía maravillosa que tiene que ver con este estado que llamo espiritual. Hay una dulce serenidad, un sentido de pertenencia, de entrega, de claridad, de alegría, de paz, de estar vivos (la raíz de la palabra espiritual es, después de todo, la misma palabra para aliento o soplo). Una espiritualidad digna de ese nombre implica una conciencia profunda. Es ese sentido de apertura profunda y de despertar en la tradición budista. Una espiritualidad verdadera también implica todo lo que somos. Incluye nuestro intelecto, nuestras emociones, nuestros sentidos. Es el estremecimiento agridulce de una noche invernal límpida, de un ocaso amarillo, del aire salado en la playa. Es quedarse contemplando los cielos, poseídos de un temor reverente. Es la música que pasa sobre nosotros, una música que sentimos, tanto como la escuchamos. Es cantar juntos. Es el abrazo de amante, es el apretón de una mano infantil. Es el sabor del agua de montaña, del vino, del chocolate. La espiritualidad es sensual. La espiritualidad también es una elegante prueba matemática, el nuevo entendimiento ganado en un experimento científico. Es el grito de gozo en una reunión, reír en compañía de buenos amigos, estar presente en el nacimiento y en la muerte. Es sentirse amados y ser amorosos.

Finalmente, mi espiritualidad es mi estar plenamente vivo. No es mi vida espiritual, es mi vida. Toda ella. Es tu vida, toda ella. Toda reunida de manera que todas las piezas embonen finalmente. Puesto que el lenguaje es inherentemente inadecuado para expresar esta experiencia, tú y yo probablemente escogeremos palabras diferentes. Sospecho, sin embargo, que al hablar de espiritualidad hablamos del mismo sentimiento, del sentido de estar plenamente vivos, plenamente concientes, y plenamente vinculados. Es un sentido de SÍ, de un anhelo de gritar enfáticamente "sí" a la vida, de dar y recibir amor, de pertenencia, de conocer de una manera directa e intuitiva.

Mientras que me es imposible describir lo que llamo una espiritualidad verdadera, creo que es más fácil describir lo que no es la espiritualidad. Para mí, la espiritualidad no es sobrenatural. Desde luego, para mí, lo sobrenatural degrada lo natural, crea una oposición que contradice mi sentido de lo espiritual. Una verdadera espiritualidad no me pide negar una parte de lo que soy. No me pide dar la espalda a todo lo que nuestra especie ha aprendido en los últimos miles de años. Una espiritualidad verdadera no se echa para atrás ante los descubrimientos del ADN y lo que hemos visto a través del Telescopio Espacial Hubble; se regocija con lo que la ciencia enseña y anhela aprender más. La espiritualidad no me pide creer lo increíble, no me pide la amputación de una parte de mí mismo como precio de admisión. Este es el problema con los dogmas de demasiadas fes, piden a la gente que sólo traiga consigo una parte de sí mismos. De manera similar, mi espiritualidad no puede separarse de mi cuerpo. No puedo aceptar la noción de un 'reino espiritual'. No creo que la espiritualidad implique una experiencia extracorporal. Justo lo opuesto, una verdadera espiritualidad incluye a mi cuerpo y no descarta ni degrada lo físico. Quiero llevar mi cuerpo conmigo a lo largo de mi jornada espiritual. Y, lo subrayo e insisto en ello: la espiritualidad no es una mera autocomplacencia o autoindulgencia narcisista, ni ocuparse sólo de uno mismo. No es un escapismo. Nuestra vida espiritual no es una vacación emocional de escapada, en la que nos marcháramos o nos desentendiéramos de nuestras vidas.

La espiritualidad, creo yo, debería ser lo opuesto al escape. Esta es la enseñanza de todas las grandes tradiciones religiosas. El crecimiento espiritual proviene de un encuentro profundo y honesto con la realidad y con lo que realmente importa. En ese sentido, la espiritualidad simultáneamente nos consuela y nos desafía. Nuestra más profunda conciencia de quiénes somos y de lo que de verdad importa nos impone algunas exigencias. Afecta todo lo que hacemos.

Nuestro tercer principio declara que deseamos promover el crecimiento espiritual. ¿Cómo hemos de hacer eso? ¿Debería iniciarme en una práctica de meditación? ¿Debería tomar algún curso de lectura de escrituras sagradas? ¿Debería unirme a un grupo de apoyo? ¿Debería trabajar junto con otros por la justicia y la compasión? Creo que necesitamos diferentes prácticas y que cada uno de nosotros necesitamos diferentes prácticas en diferentes momentos de nuestras vidas. En mi propia vida, la disciplina de aprender y pensar fue liberadora cuando era joven. Me liberó de los grilletes de la negación dogmática y supersticiosa del fundamentalismo. Fui bueno en las tareas académicas, por lo que la palabra y el intelecto se convirtieron para mí en un lugar cómodo.

Pero lo que una vez fue una fuente de liberación puede convertirse en una nueva prisión. Para cada uno de nosotros las fortalezas pueden fácilmente convertirse en debilidades. En mi propia vida he necesitado ir más allá de lo cognitivo, más allá de lo intelectual. No tanto, espero, como para abandonar los dones y los gozos del aprendizaje, sino para buscar algún equilibrio. Encuentro renovación en actividades que no son verbales: caminatas que refrescan mi sentido de la belleza natural, la música que me lleva en una jornada de armonía y pasión, el ritual de preparar una cena para mi familia. Pero tú y yo estamos en lugares diferentes y necesitamos diferentes cosas para ayudarnos a crecer y fortalecernos. Algunos de ustedes viven solos y ansían más contacto humano, ansían el placer de las palabras que comuniquen realmente, para conversar con amigos.

Muy en lo profundo, cuando estamos en calma y somos honestos, claros y abiertos, tú y yo sabemos que necesitamos una práctica religiosa. Lo sabemos porque tenemos anhelos. Debemos ponernos en contacto con los anhelos en nuestros corazones y escuchar a estos anhelos. Ese sentido de que falta algo, de lo que anhelamos llegar a ser, es un sabio guía espiritual. Debemos aprender a escuchar esa tranquila vocecilla que nos llama a ir hacia delante.

Jesús dijo que podemos conocer un árbol por sus frutos: un buen árbol produce buenos frutos. Si miramos a Jesús, al buda, a Mahoma, a Gandhi, a Martin Luther King, a Susan B. Anthony, a Thich Nhat Hahn, vemos un patrón. Una espiritualidad profunda no nos aleja del mundo; nos ayuda a implicarnos en el mundo. La espiritualidad tiene sus frutos. Si mi práctica espiritual me conduce a una vida de de ver telenovelas, ingerir comida chatarra, y preocuparme por la vida amorosa de la gente de Hollywood, tal vez necesite una nueva práctica. Si mi práctica espiritual no me cambia, necesito una nueva práctica. No podemos separar la vida espiritual profunda de lo que hacemos todos los días, de quiénes somos, de como nos tratamos los unos a los otros, de cómo tratamos a los colegas en el trabajo o en la escuela.

Sugiero que mi espiritualidad, mi crecimiento espiritual, no puede medirse por cuánto puedo quedarme meditando sentado en un cojín. La meditación en posición sedente es una práctica que puede obrar maravillas. Pero no cambia por sí misma la forma en que conduzco el resto de mi vida, es el equivalente moral y espiritual de jugar solitario. Hay una vinculación profunda, debe haber una vinculación profunda, entre nuestra espiritualidad y la manera en que nos movemos en el mundo. Nuestra religión debería surgir naturalmente de nuestra más profunda experiencia, de nuestro más profundo sentido de lo que es sagrado y bueno en la vida.

Esto es lo que quise decir cuando sugerí antes que la experiencia espiritual puede resultar perturbadora, incluso aterradora. Una verdadera espiritualidad resulta naturalmente de echar una mirada a toda nuestra vida, a todo lo que hacemos. La espiritualidad no es un estilo de vida; implica imaginar lo que la vida puede ser y luego permitir que esa visión guíe toda nuestra vida. En el mejor de los casos, nos convertimos en nuestra espiritualidad. Nuestras vidas son expresiones de nuestro crecimiento espiritual.

Tal vez la pregunta, '¿Qué es la espiritualidad?' sea la pregunta equivocada. He llegado a creer que la espiritualidad no es un 'qué'. Es más un 'cómo'. La espiritualidad tiene que ver con cómo percibo, cómo siento, y cómo actúo. Tiene que ver con la calidad de mi vida, de tu vida, y de nuestras vidas juntos.





















Peter Morales: ¿Qué es, a fin de cuentas, la espiritualidad?