miércoles, 23 de enero de 2008

La teología como autobiografía

Quest/CLF, Febrero de 2008
Trad (Fco. J. Lagunes Gaitán)

Por Mark Belletini, ministro de la Primera Congregación Unitaria Universalista de Columbus, Ohio

Cuando era niño, asistí a una escuela parroquial católica romana en Detroit, en el Lado Este. Tuve una buena educación, en su mayor parte. Aprendí mis tablas del tiempo tan bien que todavía puedo recordarlas. Me enseñaron que la evolución era un hecho, y que la religión y la cosmología no estaban en conflicto, y esto me lo enseñó un sacerdote católico belga, Abbé Lemaitre, y fue la primera persona que me habló de toda la “Teoría del Big Bang sobre el origen del universo. Y, sé que a alguna gente puede costarle creerlo, pero es verdad: Me enseñaron que la Biblia estaba llena de supuestos, exageraciones e incluso de cuentos de hadas como tales y que no debíamos ser tan tontos para creerlos literalmente. Nuestra fe no era para nada como la de los bautistas y luteranos de unas cuadras más allá.

Pero como podrás darte cuenta, el prejuicio puede enseñarse, tanto en las escuelas como en las tablas de tiempo. Se me crió para sentir un prejuicio hacia los protestantes. Las monjas dejaban muy claro esto en todo lo que decían. Los que estábamos en la escuela parroquial frecuentemente sentíamos piedad por nuestros amigos protestantes, quienes, pese a no tener culpa de ello, pertenecían a iglesias que no eran ni válidas, ni valoradas por Dios.

Desde luego, Detroit era una ciudad principalmente católica, tanto entre los inmigrantes como entre las poblaciones afroamericanas, así que en realidad, los bautistas y luteranos eran aves raras. Había conocido tan solo uno o dos de ellos en toda mi vida en la época en que asistí a la universidad. Y, a pesar del prejuicio que se me inculcó en la escuela, me parecieron gente suficientemente buena, así que mi piedad no sobrevivió mucho tiempo. Con todo, la enseñanza fue muy clara durante mi educación: la Iglesia Católica Romana era la Única Iglesia Verdadera, y quienes quedaran fuera de su abrazo tendrían problemas para llegar ante la presencia de Dios.

Yo no sabía, en ese tiempo, que a muchos protestantes se les enseñaba el mismo disparate sobre los católicos. Y que ambos éramos bastante ignorantes sobre los judíos. Y que casi nadie en mi vecindario conocía nada sobre los musulmanes o budistas, a quienes despreciativamente agrupábamos bajo la etiqueta de "esos paganos".

Ahora que esta parte prejuiciada de mi educación me puso en un terrible apuro espiritual. ¿Por qué? Debido a que mi abuelo por el lado materno, Umberto, era ateo. Tal cual. No le veía sentido a la religión, católica, protestante o de nuevo cuño. No le veía sentido a Dios. No le veía sentido a Cristo. Y eso me preocupaba. Si Dios no estaba demasiado complacido con esos protestantes de unas cuadras más allá, los ateos puros seguramente profundizarían el desagrado divino.

Y créeme, mi abuelo era muy claro sobre su ateismo. Cuando era yo muy joven, mi abuelo pasó por una cirugía peligrosa en una gran clínica de Ann Arbor. Los cirujanos trabajaron todo el día, luego le dijeron a mi pobre abuela que mi abuelo podría no sobrevivir esa noche. Así que mi muy católica abuela envió a un sacerdote para dar a su esposo "los ritos finales". Cuando olió los santos óleos y escuchó las plegarias en latín, se sentó como un rayo en la cama sobre la cicatriz de su corte y apuntó un dedo huesudo hacia la puerta. Entonces dijo, con el rostro enrojecido y temblando de ira, “Saquen a ese farsante de aquí, ahora. Ustedes necesitan un sacerdote. Yo no”. Probablemente te imaginarás como me impresionó esta historia.

El ateismo del abuelo Umberto no era solo una puntada genial o algo filosófico. Su ateismo era apasionado y se basaba, como probablemente he relatado en otras ocasiones, en su historia de vida. Sus padres habían muerto cuando él era un niño. Había sido criado por su hermana mayor, quien no era mucho más que una niña. Se ganaba la vida como el chico hornero del pueblo, corría entre las casas para llevar el pan todavía caliente del horno del pueblo que estaba en la casa de su hermana. El Dios del que oyó en la iglesia, “qui laetificat iuventutem eam…” quien trae alegría a su juventud, era simplemente una mentira, sintió él. No hubo un Dios cuidador que preservara vivos a sus padres, que mantuviera su vida dentro de la normalidad. No hubo gozo divino en todo el sufrimiento, trabajo inquietudes y apuros.

Pero se casó con mi abuela, Anna. Una viuda. Y ella no estaba menos familiarizada con el sufrimiento que él. Cuando era una niña, la mayoría de la población masculina de su pueblo se perdió en el mayor desastre minero de la historia de los Estados Unidos de América. Su padre, los vecinos… todos se desvanecieron en el humo. Luego, su esposo Eduardo murió de meningitis espinal. Luego de un par de años, se casó con mi abuelo ateo, quien entonces adoptó a mi madre como su hija. Umberto y Anna tuvieron entonces una hija, Anita, la medio hermana de mi madre. Ella murió en un accidente automovilístico cuando tenía tan solo 4 meses. Sin embargo, todo este sufrimiento no hizo de mi abuela una atea como su esposo. En vez de esto, la acercó más a Dios. Su vida de oración la sostuvo, y fue a misa y a comulgar con frecuencia, pues esto la hacía sentirse amada por Dios.

Y esta es la cuestión —estuvieron casados por 40 años antes de que mi abuelo Umberto muriera finalmente. Tuvieron un buen matrimonio todos esos años. Y sus vidas son parte de mi vida, de mi historia, contada una y otra vez en fragmentos todos mis días.

Así que mi teología se desarrolló de manera diferente de la teología que se me presentó en la escuela parroquial a la que asistí. Las monjas nos enseñaron primero el prejuicio contra los protestantes. Pero, tratándose de monjas estadunidenses en los días del neo macarthismo, también nos enseñaron prejuicios contra los ateos, dado que todos esos "comunistas sin Dios" allá en Rusia planeaban la muerte de América.

Sin embargo, las monjas no entendieron que al vapulear a los descreídos, también hablaban sobre mi bienamado abuelo, quien no vivía en Moscú, sino a unas cuantas calles, en el Este de Detroit. Condenaban a mi abuelo, a quien yo amaba. Y que me amaba. Quien se sentaba pacientemente a enseñarme el sistema métrico. Quien tenía ese confiable y leve olor a güisqui en su aliento cuando escuchábamos las arias de ópera en su tocadiscos. Quien hacía resplandecer su jardín con espárragos, tomates y romero, y sobrecargaba su patio de orquídeas, duraznos y peras. Y que nunca fue a la Iglesia de Dios. Debido a estas historias, y a mi amor por mi abuelo, sé profundamente, en mi corazón, dos cosas:

Que las monjas estaban simplemente equivocadas. Mi abuelo fue un buen hombre, amable y magnánimo. Así supe que todo lo dicho sobre gente que no era católica tendría una buena posibilidad de ser erróneo. Tal vez incluso aquella gente de Rusia no fueran los diablos que nos contaban. Quizás, concluí, los adultos no eran tan listos como pretendían serlo, y no sabían cómo decir la verdad.

También supe que mi abuela y mi abuelo tenían un matrimonio bueno y amoroso, lo que significaba que las diferencias —las diferencias importantes entre la gente— no eran realmente una causa necesaria para que no se llevaran. Quizás era posible que incluso los enemigos convivieran. Tal vez era posible que todos convivieran, si tan solo renunciaran a tratar de convertir a los otros como la prueba principal de que tendrían la razón.

Debido a este aprendizaje vital, he tratado de vivir una vida diferente de la que una vez imaginé que tenía que vivir. A lo largo de toda mi vida adulta, a través del seminario y de mi carrera ministerial, he decidido tratar de combatir los prejuicios con los que me criaron. He tratado de lograr que quienes están en desacuerdo hablen entre sí: he tratado de que los ateos hablen con los teístas, los católicos con los protestantes, los cristianos con los judíos, los demócratas con los comunistas y con los republicanos, los viejos con los jóvenes, los ex convictos con los obedientes de las leyes. He intentado hacer que los colores y las culturas se reúnan. He luchado por salir de mi mundo parroquial —un mundo en el que yo era parte de la 'iglesia verdadera', mientras que los demás no. He intentado salir de un lugar estrecho, y migrar hacia un mundo de verdades amplias, un mundo de un millón de millones de corazones humanos, en el que cada una de sus vidas sea tan importante para ellos como mi vida lo es para mí. He tratado de verme como una parte, no el todo; incompleto, inconcluso; humano, no Dios; una historia, no 'La Historia'. He hecho, en resumen, una teología.

El diccionario te dirá que 'teología' proviene de dos palabras griegas, 'theos' y 'logos', la primera de las cuales significa 'Dios', y la segunda significa 'razón' o 'palabra'. Lo que es decir que 'teología' es una palabra o razonamiento sobre Dios. Pero la misma palabra 'theos' tiene otra raíz griega. La palabra griega para Dios es el substantivo de un verbo que significa 'salir de'. Así que la teología tiene que ver con las palabras que expresan de lo que hemos salido, de dónde venimos, o incluso, de dónde desearíamos haber venido. Por ello es por lo que el lenguaje teológico es tan diverso: algunos hablan de un Dios Padre amoroso, otros de una Diosa Madre, otros de muchos dioses, otros de ningún Dios, y aun otros de un espíritu interior, o de todo el mundo como Dios. Sabemos lo que valoramos como lo más excelso a través de nuestras propias historias, y las historias de aquellos que amamos y admiramos, se trate de nuestros abuelos o de héroes más lejanos. Todos estamos en esto juntos, en relación, hacemos teología juntos, intentamos expresar la sabiduría de nuestras vidas en la sabiduría de las palabras. Eso es teología.

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